Tal vez no leas esto... pero si lo haces, no perderás tiempo.

¡Hola, pequeños lectores!

Hoy quiero compartir con vosotros algo que ha estado rondando en mi mente desde la última entrada. ¿Recordáis aquella donde decía que la magia no está en los libros, sino en los recuerdos que creas? Pues justo al terminarla, se me vino una pregunta a la cabeza. 

Y ahora quiero que tú, pequeño lector, te la hagas a ti mismo: ¿Dónde has vivido tus mejores recuerdos?

No tengas prisa en responder. Tómate tu tiempo. 

Tal vez pienses en tu casa, en un viaje de esos que se te quedan marcados, en algún lugar único del mundo. Sin embargo... cierra los ojos. De verdad. Hazlo.

Y oye a tu corazón, deja que los recuerdos te inunden.

En ocasiones, los mejores recuerdos no se encuentran donde pensamos, sino donde verdaderamente fuimos nosotros. Donde reímos sin miedo. Donde alguien nos observó y comprendió quien éramos. Donde, sin tenerlo claro, descubrimos que aprender también implica sentir.

Y si lo piensas bien... muchos de esos momentos no ocurrieron en playas paradisíacas ni en ciudades encantadoras. Sino entre pupitres. En pasillos que olían a recreo. En la voz de ese profesor que nos vio antes de que nosotros lo hiciéramos.

Ahí. Justo ahí. Donde fuimos felices sin darnos cuenta.

Al final, el colegio no era solo estudiar. Era vivir por primera vez. Era caer y que alguien te ayudara a levantarte. Era el miedo antes de exponer... y el orgullo después. Ese juego que se transformó en un recuerdo. Ese "no puedo" que finalmente se transformo en un "mira, lo hice".

Y allí, en ese desorden de deberes, exámenes y timbres, sin darnos cuenta crecimos. El colegio es (y sigue siendo) un lugar donde cada persona vive su historia. Y entre clases y despedidas, construíamos algo más grande que saberes: nos construíamos a nosotros mismos.

Pero claro... os preguntareis: Y Esteban ¿a dónde quieres llegar  con todo esto?

Pues a lo siguiente: que si tantos recuerdos se han grabado en tu piel. Si tanto ha calado en ti sin que te percates... entonces algo está ocurriendo correctamente. O, en otras palabras: alguien está haciendo bien.

Y es en este punto donde surge la palabra mágica de la que discutimos en nuestra ultima clase: innovar. Y con ella, su amiga más cercana: el liderazgo 

Porque una escuela que deja huella no surge de manera autónoma. Surge de individuos que se involucran, que se preguntan, que se esfuerzan. No de jefes de despacho. Sino de líderes de verdad.

Vamos a hablar claro: cuando digo líder, no estoy hablando de alguien que firma documentos con un boli de esos caros y que ofrece discursos interminables que nadie oye porque, para quedarnos dormidos, mejor tenemos la cama de nuestra habitación.

Spoiler: no llevan capa, sin embargo poseen una capacidad casi mágica: hacer que todos brillen.

Fred Kofman lo llama liderazgo consciente. Y no, no se trata de ningún mantra de autoayuda de esos que te salen en Tiktok. Es liderar a través del ejemplo, no desde el ego. Es escuchar más que hablar. Remangarse, entrar en clase, conocer el nombre del alumno que siempre es el último. Impulsar, no imponer ordenes. Orientar, no controlar.

Y precisamente cuando pensaba que eso no podía ser mas bonito, surge otro autor (un poco más serio pero con un buen fondo): Jim Collins. Él menciona algo que deberíamos tatuarnos: "Los grandes lideres no se lucen: hacen que su equipo luzca"

Que no se trata de saber más, sino de escuchar de manera más efectiva. Es necesario posseer la humildad para afirmar "no lo se" y la determinación para aprenderlo. Collins lo hace evidente: El liderazgo no se basa en carisma... sino en dedicación.

Y después de darle vueltas a todo esto, me adentré en dos textos que me dejaron pensando.

Uno de ellos, "El liderazgo transformacional en la educación: fundamentos y características",  mencionaba algo que aparenta ser evidente, pero que no siempre ocurre: el liderazgo no puede limitarse a roles y reglas. Debe ser un motor de cambio. Una transformación genuina, humana, intensa. Donde la humildad y el compromiso no son adicionales, sino fundamentales. Porque un líder no es el que tiene mas conocimientos, sino el que más escucha. El que comprende que cada individuo aporta algo único. Y únicamente cuando todos crecen, la escuela crece.

El otro texto fue "La importancia del liderazgo escolar en la mejora de la calidad educativa", que reforzaba esa idea desde otra perspectiva.

Una escuela que promueve un ambiente en el que docentes y alumnos se sienten apreciados, apoyados y motivados, es una escuela donde la innovación fluye y la transformación es inevitable.

Y esto es lo que me impulsó a darle un respiro y reflexionar: si los docentes no se actualizan, no se hacen preguntas, no se forman... ¿cómo esperan que sus estudiantes lo hagan?

Por eso, la innovación empieza ahí: por los profesores que nunca abandonan el aprendizaje

Y hablando de aprender y renovarse... encontré un video que me conmovió profundamente, es de BBVA y aborda precisamente eso: el poder del liderazgo.


No es uno de esos videos que pones de fondo mientras haces otra cosa. Este te arrastra. Te observa. Habla del liderazgo no como una carga, sino como una actitud frente a la vida. Como una forma de observar a los demás con respeto, con sensibilidad y también con valentía.

En él, varias personas comparten sus historias. Historias reales. Dolorosas. Inspiradoras. Historias que te hacen reflexionar sobre que en ocasiones, el liderazgo surge del fracaso, del temor o de la pérdida. Y aun así brilla. Y arrastra. Y transforma.

Liderar no es tener todas las respuestas, es atreverse a escuchar, es saber mantener al otro cuando todo tiembla, es admitir que se puede car... y luego volver a levantarse.

Y aquí es cuando me di cuenta de algo que ya intuía: que el colegio no necesita precisamente esto. No necesita héroes. No necesita a genios. Sino personas auténticas, comprometidas y humanas. Que acompañen, que impulsen, que estén presentes.

Y ahora sí. 

Es el momento que sabía que llegaría... pero para el cual, sinceramente, no sabía cómo terminar.

Esta es mi última entrada. Así es: las despedidas llegan cuando menos nos lo esperamos.

Porque no se trata solo de cerrar una pestaña del navegador. Se trata de despedirse de una versión de mi que, palabra por palabra, fue creciendo, dudando, soñando... y, sobre todo, compartiendo.

Este blog nació como una tarea. Y, sin embargo, se transformó en un refugio, en voz. En ese pequeño rincón donde pudimos ser libres, donde tal vez dejé aspectos de mí que ni yo sabía que tenía.

Hoy me despido con el corazón lleno. Lleno de palabras dichas. De ideas que florecieron. De silencios que hablaron.

Puede que el blog permanezca quieto, pero lo vivido aquí... no. Esto camina conmigo, me acompaña, me recuerda que cada vez que escribí (a pesar de que nadie lo leyera), yo seguía vivo.

Gracias por haber estado. Por leer en voz baja o por pensar en voz alta conmigo. Gracias, de verdad por habitar este lugar que ya no es únicamente mío, sino nuestro.

No sé si volveré a escribir, tal vez explore otros horizontes... uno nunca sabe lo que el destino tiene preparado.

Pero, si algún día ves otra entrada, será porque la vida (caprichosa y mágica) me impulsó a hacerlo. Mientras tanto...

Nos vemos en algún pasillo, en otra aula, en algún otro sitio que el destino nos tenga preparado. O quizás... en otra historia.

Así que, pequeño lector, cuando cierres la pestaña del navegador... hazlo despacio. Como quien guarda un libro que ha leído muchas veces. Como quien apaga una luz de un lugar donde fue feliz. Como quien deja ir un suspiro. Lento. Con amor. 

Porque lo que vivimos aquí no se borra, solo cambia de lugar. Ya no está en palabras... sino en recuerdos.

Hasta siempre, pequeños lectores. 😊❤️‍🩹🫶🏻 

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