Entre metodologías y recuerdos.

Hola, pequeños lectores

Sinceramente no sé cómo empezar esta entrada, pero de lo que tengo claro es que quiero compartir con vosotros algo que nunca imaginé que acabaría escribiendo.

¿Quién me iba a decir a mí que esa metodología que experimenté en Bachillerato y en un instituto al que, honestamente, no tenía en mis planes ir, iba a servirme para hablaros sobre su proyecto educativo. Nadie
Pero me gusta pensar que todo sucede por algo en esta vida.  

Para llevar a cabo el microtaller que nos pidió el profesor en clase, estuve recordando todo lo que experimenté en La Inmaculada Marillac, y me percaté de lo significativo que marcó mi forma de aprender. No únicamente eran clases, eran vivencias. Allí no todo se centraba en el clásico libro y en lo que decía el profesor. Aplicaban técnicas que nos impulsaban a movernos, a reflexionar... y a participar.

Uno de los métodos más frecuentemente empleados era el aprendizaje cooperativo. No se trataba de colaborar porque sí, sino de adquirir conocimientos con los demás y de los demás. Dividíamos tareas, nos escuchábamos... y al final todos crecíamos un poco juntos.

Además se trabajaba mucho por el aprendizaje basado en proyectos. Nos planteaban desafíos, nos motivaban a investigar, a encontrar soluciones, a desarrollar productos. Haciendo todo desde nuestras ideas más locas, y sintiendonos un poco protagonistas del proceso.

Otra perspectiva que me impactó fue la del fomento de las múltiples inteligencias. No todos aprendemos de la misma manera, y allí lo tenían muy claro. Por esta razón, exploraban diversas maneras de enseñarnos: a través del arte, la música, el cuerpo, lo lógico, de lo emocional...Cada uno podía brillar desde su propia forma de ser y de aprender.

Y cómo olvidarme de la gamificación. En ocasiones (muy pocas para mi gusto) aprendimos jugando, y eso cambiaba todo. Porque ¿a quién no le gusta sentirse otra vez como un niño? Solo disfrutabas y sin percatarte, el contenido se te quedaba en la memoria.

En cuanto a los lugares, no eran los típicos que tuve en mi otro colegio. Había sitios que con lo bien diseñados que estaban, parecían sacados de una revista de interiorismo, como si, de alguna manera funcionalidad y estética coexistieran perfectamente.

Entre ellos estaban el Ágora era el lugar donde se discutía, compartíamos pensamientos y percibíamos que nuestras voces tenían un significado. Luego estaba la plaza, exclusivamente para toda primaria y infantil se utilizaba para la colaboración grupal y para actividades dinámicas.






El atrio, nuestro espacio de lectura, estaba repleto de serenidad e inspiración, perfecto para un momento de relajación. Finalmente el taller, donde liberábamos la creatividad y materializábamos muchas de las ideas que surgían en clase.



































Rememorar todo eso, fue como abrir un cajón repleto de recuerdos. Me encontré allí, en esas clases compartiendo, adquiriendo conocimientos, experimentando dolor, equivocándome, riendo.. comprendiendo que esa forma de enseñar impacta, te conecta contigo mismo,  te provoca pensar y sentir a la vez.

Hoy, mientras escribo esto, me doy cuenta de que muchas cosas que aprendí allí van más allá de los libros. Fue una forma de prepararnos para la vida real, porque para eso está la escuela para enseñarnos a enfrentarnos a retos, trabajar con otros y no tener miedo a equivocarnos. 


Porque...¿quién me iba a decir a mí aquello que rechacé en un principio acabaría siendo una parte de lo que soy hoy? Nadie. Y sin embargo, aquí estoy.


Porque, así sin más, sin darnos cuenta, crecemos justo donde menos esperábamos florecer.

Nos leemos pronto... quizá en otra de mis ideas locas. Y quien sabe, tal vez la próxima vez que nos leamos empiece con un "nunca imagine".✨🫶🏻



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